Capítulo XXIX

De cómo fueron muertos los matadores que habían huido a Alejandría y a Tebas

Acabada esta matanza de esta manera, el capitán dejó guarnición en el castillo, y él luego partió con su ejército para verse con César: porque ya no quedaba enemigo alguno en todas aquellas regiones; pero toda Judea había sido ya destruida con la guerra larga que había pasado, y aun muchos de los judíos que vivían en tierras muy extrañas y muy lejos de allí, se habían perturbado mucho y muy amedrantado.

Aconteció que muchos murieron cerca de Alejandría, que es una ciudad de Egipto: porque todos los revolvedores que se pudieron allí salvar y recoger, no se tenían por contentos con estar seguros de peligros; sino aun allí trabajaban por levantar revueltas y novedades por defender su libertad, sin querer reconocer por mejores que ellos a los romanos, diciendo que sólo Dios era el Señor. Y como algunos de los judíos, no de los más bajos, les contradijesen, seguidamente los mataron; y a los otros les persuadían y daban prisa, diciendo y amonestándoles a que se rebelasen. Viendo los principales y más viejos la pertinacia que éstos tenían, no pensasen ya serles cosa segura querer refrenar en algo a esta gente; sino juntando a todos los judíos en uno, publicaban la locura y temeridad de aquellos matadores, mostrando que ellos eran causa de todos aquellos males, y decían que aunque éstos huyesen, no les parecía que alcanzarían esperanza alguna de salud: porque en saber o conocerlos los romanos, luego habían de perecer, y participarían ellos de lo que éstos merecían y se les debía, sin ser consentidores en algo, ni tener culpa alguna.

Aconsejaban, pues, que debían todos guardarse de la muerte que éstos les buscaban; y que entregándose y rindiéndose a los romanos, satisficiesen ellos por su parte. Dichas estas cosas, y visto claramente el peligro grande que todos corrían, obedecieron a los que les rogaban, y acometiendo con gran ímpetu a todos aquellos matadores, refrenáronlos y prendieron luego seiscientos de ellos; y los que se escaparon huyendo hacia Egipto y Tebas, que está en la provincia y reino mismo, no mucho después fueron todos presos, por cuyo ánimo endurecido, atrevimiento y pertinacia de voluntad, no hay ciertamente alguno que no se maravillase y quedase atónito; porque con todos los géneros de tormentos que se pudieron contra ellos hallar ni pensar, no pudieron conseguir que llamasen señor a César, ni que lo confesasen, ni aun mostró alguno tener voluntad de decir tal cosa: antes todos, viéndose en tal necesidad, se mostraron más pertinaces, como si no sintiesen los tormentos ni el fuego hiciera otra cosa sino los cuerpos sucios, y no las almas.

Principalmente los muchachos movieron gran espanto y maravilla a cuantos los veían padecer, porque ninguno de ellos pudo ser jamás movido para que llamase señor a César: en tanta manera excedía y se adelantaba al poco esfuerzo, la audacia y atrevimiento grande que tenían.

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Usted está leyendo el Libro VII de La Guerra de los Judíos