Capítulo XXIV

Del río Sabático que pasa por el reino de Agripa, y del triunfo celebérrimo hecho en Roma a Vespasiano y a Tito

Deteníase algún tiempo en Berito el príncipe Tito, como arriba dijimos; pero volviendo de allá, por todas las ciudades donde pasaba de Siria, celebrando magníficos espectáculos, usaba mal de los judíos que cautivos tenía, por mostrar la matanza hecha en ellos, y la victoria habida.

Vió en su camino un río muy digno que de él hablemos: pasa éste por entre Arcas y Rafanea, ciudades del rey Agripa. Y tiene una cosa muy maravillosa, porque siendo cuando nace y cuando corre muy abundante, de seis a seis días falta de su manantial y lugar donde nace, y viene a mostrarse seco, sin correr más. Luego después como si no hubiese pasado mutación alguna, el día séptimo nace muy abundante como solía, y hase hallado muy ciertamente, que guarda siempre este orden en su nacimiento: por lo cual fué llamado este río Sabático, por causa que la sagrada fiesta de los judíos es también el sábado.

El pueblo de la ciudad de Antioquía, entendiendo que ya Tito llegaba, era tan grande el gozo que por esto tenía, que no podía detenerse dentro de los muros de la ciudad; antes todos se daban prisa grande por salir: y saliendo treinta estadios o más fuera, esperábanlo, no sólo los varones todos, sino también las mujeres y muchachos; y como después ya viesen que llegaba por ambos lados del camino, levantaban todos sus manos, saludándolo y regocijándose por ver el gran favor que él a todos hacía y todos también le hacían; volvíanse juntamente con él acompañándolo.

Y entre muchos loores que de él venían diciendo y celebrando, suplicábanle que echase los judíos de la ciudad: pero Tito no se movió por mucho que se lo rogaron; es bien verdad que oía muy reposado todo cuanto de ellos se decía.

Los judíos estaban muy amedrentados por no saber lo que determinaba ni lo que había de hacer. No se detuvo Tito en Antioquía mucho tiempo, antes puso luego en orden su camino hacia el Eufrates a una ciudad llamada Zeugma: vinieron aquí embajadores enviados por Vologeso, rey de los partos; y presentándole la corona por la victoria que de los judíos había habido, recibida que la hubo, hizo un convite muy célebre a los del rey, y así se volvió para Antioquía.

Suplicándole mucho el Senado y todo el pueblo de Antioquía que entrase en el teatro, adonde lo estaban todos aguardando, él les obedeció muy fácilmente.
Rogándole otra vez mucho, e importunándole muchas veces que echase de la ciudad a los judíos, respondióles muy aguda e ingeniosamente, diciendo que había ya perecido la patria donde ellos se podían recoger siendo echados, y que no había ya lugar en parte alguna adonde fuesen recibidos. Visto esto, suplicáronle los de Antioquía otra cosa, por no haber podido alcanzar lo que antes le rogaban, y era que quitase las tablas de cobre en las cuales tenían escritos los judíos sus privilegios y franquicias; pero ni esto quiso Tito concederles, antes dejando los judíos en Antioquía como estaban primero, y en su mismo estado, partió de aquí para Egipto.

Y como haciendo su camino hubiese llegado a Jerusalén y comparase la triste soledad y desierto que allí entonces veía, con la gentileza que antiguamente esta ciudad solía tener, acordándose de las obras grandes y de la hermosura con que en otro tiempo la había visto, tenía por cierto gran compasión por verla tan destruida, no alegrándose ni regocijándose por haber destruido ciudad tan grande, antes bien maldiciendo a los que de ello fueron causa y a los que lo movieron y forzaron que así la destruyese. Tan determinado estaba y cierto en no querer mostrar su virtud y esfuerzo en destruir y arruinar a los que tan destruidos habían sido.

Hallábase aun de las grandes riquezas que esta ciudad tenía, no pequeña parte entre lo que estaba derribado. Algunas cosas descubrían y sacaban los romanos, y muchas más tomaban, mostrándoselas los que tenía cautivos, tanto de oro como de plata y otras cosas muy preciosas, las cuales habían enterrado y escondido en lo más hondo de la tierra, por no saber el fin y suceso que habían de tener en la guerra comenzada.

Después, prosiguiendo su camino Tito para Egipto, como tenía determinado, pasando presto la soledad y desierto, llegó a Alejandría, y determinando navegar de aquí a Italia, teniendo en su compañía dos legiones, enviólas otra vez cada una al mismo lugar de donde habían venido: la quinta a Mesia y la décimaquinta a Pannonia; y mandó que los capitanes de los cautivos, Simón y Juan, y setecientos hombres escogidos que excediesen a los otros, tanto en la grandeza del cuerpo como en la gentileza, fuesen llevados a Italia, deseando servirse de ellos en el triunfo que en Roma esperaba hacer.

Habiendo acabado su navegación como deseaba, estaba Roma esperándolo con gran deseo, y envióle los mismos recibimientos que había antes enviado a su padre.

Fué causa de mayor honra a Tito su padre, que le vino al encuentro y lo recibió con triunfo grande. Los ciudadanos tenían muy grande alegría por ver tres príncipes tales juntos.

No muchos días después determinaron hacer un triunfo común por las cosas sucedidas y hechas, aunque el Senado había determinado hacer particularmente a cada uno el suyo.

El día que había de ser el triunfo y pompa de la victoria, no hubo alguno de tan infinita muchedumbre como había en la ciudad que quedase en casa. Habiendo salido todos, ocupó cada uno no más lugar de lo que era necesario para ver el triunfo y para ver los emperadores, dejando el lugar necesario para que pasasen.
Saliendo, pues, antes de amanecer toda la gente de guerra con sus capitanes y regidores, todos en compañías muy en orden y puestos todos cerca de la puerta, no del palacio sino del templo de Isis, porque allí dormían los príncipes aquella noche, llegando ya la mañana y comenzando a reír el alba, salieron Vespasiano y Tito coronados de laurel y vestidos con ropas de grana, según la costumbre de su tierra, pasaron a los paseos que se llamaban de Octavio Augusto, porque aquí esperaban su venida el Senado y los principales capitanes y caballeros de honra.

Habían hecho delante de la puerta un tribunal como un grande y magnífico cadalso, y estaban con gran orden aparejadas en él sillas de marfil. Subiendo, pues, aquí ellos, se sentaron; fueron luego recibidos con gran regocijo y alegría de todos los soldados, los cuales loaban la virtud de entrambos y la levantaban como testigos de todo.

Estaban los príncipes desarmados, vestidos muy ricamente de seda, y coronados con sus coronas de laurel.

Habiendo recibido Vespasiano muchos loores de ellos, como quisiesen aún decir más, hizo señal que cesasen y tuviesen silencio.

Estando, pues, todos con gran silencio y reposo, levantóse Vespasiano de la silla adonde estaba sentado, y descubriendo casi toda su cabeza, hizo sus votos y solemnidades, y lo mismo también hizo Tito. Acabados sus votos y gracias que a Dios hicieron, Vespasiano habló con todos comúnmente; envió los soldados al banquete que el emperador acostumbraba darles y partióse él hacia la puerta, la cual, por entrar siempre por ella toda la pompa de los triunfos, tiene por ello nombre.

Aquí primero comieron, y vestidos de vestiduras triunfales, habiendo sacrificado a los dioses que estaban puestos a las puertas, pasando por medio de todos los espectáculos que había, llevaban el triunfo muy solemnemente, por que el pueblo y gente común lo pudiese ver fácilmente.

No podría ahora contar como conviene la muchedumbre que había de espectáculos ni la magnificencia de ellos, en todo cuanto se puede pensar; ora miremos los hechos artificiosos y galanos, ora la abundancia de riquezas, ora las nuevas invenciones que traían; porque casi cuantas cosas se hallaron entre hombres riquísimos, y que algún tiempo triunfaron de todo cuanto puede causar maravilla y magnificencia, todas ellas mostraron en este día la grandeza del Imperio Romano.

Porque ciertamente podría decirse, viendo la abundancia de oro, plata y marfil, labrada toda de tan gentiles maneras, que no la llevaban como en pompa y por muestra, sino que todo estaba lleno de ello naturalmente.

Traían vestiduras de diversos géneros de escarlatas y granas, las unas adornadas con pinturas, hechas a la manera y arte de Babilonia; y piedras excelentísimas tantas y tan grandes, unas puestas en coronas de oro, y otras fueron traídas puestas en otras cosas muy gentiles, de tal manera, que parecían tantas, y tan ricamente las llevaban, que no habrían de ser ya preciadas en algo.

Traían también muchos ídolos de los que esta gente tiene y adora por dioses, hechos de maravillosa grandeza y arte, y de todo esto no había algo que no fuese de muy excelente materia. Salían también diversos géneros de animales, ornados a su natural cada uno: venía también muchedumbre de hombres para traerlos, todos vestidos de púrpura y de oro; los que venían apartados de los otros para esta pompa, venían con vestidos mucho más ricos y más magníficos: después de éstos los cautivos venían muy ornados y muy bien tratados, en tal manera, que la variedad y gentileza de vestidos que consigo traían quitaba la fealdad que sus cuerpos por el cansancio grande tenían: pero era maravilloso de ver la fábrica y pinturas de castillos y torres levantadas que traían; las cuales eran tan grandes y de tanta excelencia, que los que salían a verlas se temían les faltasen las fuerzas a los que las traían, porque muchas de ellas venían más altas y más levantadas que de tres suelos y estados, y aun algunas otras de cuatro; y la magnificencia y fábrica movía, por cierto, gran admiración a los que las miraban, y deleitaba mucho la vista, y había entre ellas gran cantidad de oro y mucho marfil.

Venía pintada toda la guerra con pinturas y muestras muy excelentes diversamente: porque era de ver, aquí destruir una tierra muy fértil y muy abundante, y ver matar los escuadrones enteros; otros huir; otros ser cautivados, y los muros excelentes en grandeza verlos derribar con las máquinas e ingenios: ver quemar los fuertes y guarniciones de los castillos, y romper los muros de las ciudades muy populosas; ver entrar el ejército dentro de los muros; verlo todo lleno de matanza y de muertos; ver los ruegos que los que no podían pelear les hacían; el fuego puesto en los templos; el derribar y destruir las casas encima de sus mismos señores, después de haberlas robado y dado saco; ver el río cuánta tristeza mostraba, por correr ya, no por su acostumbrado camino, ni para hartar la sed de los hombres y animales brutos, antes corriendo por toda la tierra.

Todas estas cosas padecieron los judíos en la guerra; pero el arte y la grandeza de las cosas hechas mostraba claramente lo que había pasado, a todos los que no lo sabían. Venía en cada torre o castillo de éstos el capitán de aquella ciudad, que había sido tomada de la misma manera y orden con que fué preso.

Seguían también después muchas naos, y traían muchos otros despojos; pero más se mostraban los que habían sido ganados en la ciudad de Jerusalén, y hallados en el templo; la mesa de oro de más peso que un gran talento, y el candelero también, todo hecho de oro; pero trocada venía ya su obra y manera de lo que solía servirnos a nosotros, porque la columna de en medio de él estaba junta, y recalcaba sobre su pie, y salían de ella unos como cañutos delgados, hechos a manera de un arrejaque, y cada uno parecía como una lámpara; es bien verdad que eran siete, y esto por mostrar la honra del séptimo día, que es el que los judíos celebran y guardan.

Seguía después de esto la ley de los judíos, que era la postrera de todos los despojos. Pasaban después muchos, trayendo imágenes y representaciones pintadas muy al vivo de esta victoria, todas hechas de oro y de marfil. Iba luego después Vespasiano, y luego también seguía con orden Tito. Venía Domiciano a caballo juntamente, muy adornado de toda gentileza, con un caballo muy digno de ser visto.

Acabóse la pompa al llegar al templo de Júpiter, el que llamaban Capitolino; luego todos allí pararon. Tenían por costumbre esperar allí hasta tanto que hubiese alguno que denunciase la muerte del capitán de los enemigos.

Era éste Simón, el hijo de Giora, el cual venía entre los cautivos en medio de la pompa, pero muy bien atado con una cuerda, con la cual había de ser ahogado por los mismos que lo llevaban, y era así llevado por medio de la plaza: y los que merecen la muerte por ley de los romanos, han de ser aquí en este lugar o plaza muertos.

Después que le fué denunciado de qué manera había de acabar la vida, y hecha la exclamación por todos, comenzaron sus sacrificios, y siendo ya acabados éstos la segunda vez muy solemnemente, fuéronse al palacio: y recibieron con convites a los unos y a los otros; todos tenían aparejados muy magníficos y solemnes banquetes.

Celebraba gran fiesta la ciudad de Roma este día, por alegría de la victoria habida de los enemigos, por el fin de las guerras civiles, y por la buena esperanza de la prosperidad de los príncipes.

Después de los triunfos y después de confirmado el estado del imperio romano, determinó Vespasiano edificar un templo de la paz, el cual con presteza y diligencia maravillosa, mayor aun de la que es posible pensar, fué acabado: porque habiendo usado de gran largueza y liberalidad, lo quiso ornar de pinturas maravillosas y dignas de ser muy vistas: porque todas las cosas que antes movían a verlas a todos cuantos había por el mundo universo, fueron puestas en este templo, deseando todos ver cómo estaba esto entre otra gente.

Puso también aquí todos los ingenios y cosas que los judíos tenían con gran magnificencia suya. La ley y los velos que tenían en los lugares más secretos, mandó que fuesen muy bien guardados y puestos dentro del palacio.

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