Capítulo VI

De cómo los romanos perecieron en las llamas y fuego engañados por los judíos, y de lo que un hombre llamado Artorio hizo.

Estando los sediciosos y amotinados en posesión del templo, cada día resistían manifiestamente a los soldados ordenados en tus trincheras. A los veintisiete días del dicho mes, pensaron hacer este engaño y maldad.

El espacio y patio de la puerto del Occidente, que estaba vacío v sin algo entre la techumbre y vigas, llenáronlo de leña seca, de azufre y pez. Después, como vencidos, íbanse m trayendo: por lo cual muchos, con temeridad y sin más miramiento, perseguíamos y aun trabajaban en subir a la puerta, poniendo muchas escalas para ello: los que eran más prudentes y sagaces, viendo v pensando que los judíos no habían tenido causa ni ocasión alguna para huir, estábanse quedos y sin moverse; pero cuando la puerta estuvo llena de aquella gente que había subido, los judíos pusiéronla fuego; y levantada la llama súbitamente por todas partes, los romanos, aun aquellos que estaban fuera del peligro, fueron muy espantados, y los que eran presos dentro del fuego, desesperaban: porque cercados de fuego y de llamas, los unos se echaban atrás en la ciudad; otros en medio de los enemigos; muchos, confiando de esta manera salvarse, echábanse en los pozos y luego perecían; otros, trabajando por defenderse, eran tomados del fuego; otros se mataban ellos mismos con sus armas antes de ser abrasados con el fuego, y estaba ya el fuego tan encendido v tan derramado, que aun a los que huían alcanzaba.

César, aunque se enojaba moría por haber subido al mucho por ver que tanta gente portal sin haberlo él mandado, todavía tuvo gran compasión y misericordia de ellos. Y como ninguno pudiese atajar o prohibir el fuego que va tan encendido estaba, tenían todos los que morían por consolación grande ver el gran dolor que sentía el emperador, por quien corría ellos morían; el cual, gritando y dando muchas voces, delante de todos, y rogó a sus compañeros que todos le ayudasen. Y tomando cada uno su voz y buena voluntad por gloriosa sepultura, morían de buena gana.

Mas todavía algunos, recogidos en la más ancha parte de la puerta, libráronse de las llamas y del incendio; pero cercados después por los judíos, resistieron con trabajo, aunque muy heridos, mucho tiempo; pero a la postre todos perecieron.

Además de muchos otros, hubo un mancebo entre éstos, llamado Longo, que honró toda esta adversidad y destrucción acontecida; y aunque fueron todos los que murieron dignos de nombre y memoria, éste fué el que se mostró más fuerte y más esforzado: al cual persuadían los judíos que bajase a ellos, prometiéndole fe y amistad, porque era varón muy esforzado y porque deseaban mucho quitarle la vida. Su hermano Cornelio, que estaba de la otra parte, rogábale mucho que no deshonrase la gloria que había ganado, y que no afrentase la milicia de los romanos, a quien él satisfizo y obedeció más firmemente; y levantando en alto su espada, por que fuese visto de entrambas partes, él mismo se mató.

De los que estaban cercados por el fuego, uno llamado por nombre Artorio, guardó y conservó su vida con astucia y sagacidad. Porque llamando a un compañero suyo nombrado Lucio, díjole: Yo te hago heredero de todo mi patrimonio si me recibes; como éste saliese a recibirlo muy prontamente, el que se echó en sus manos, vivió; y Lucio oprimido con el peso, y resbalando a tierra porque estaba empedrado todo aquello, luego murió.

Esta adversidad entristeció algo a los romanos, pero hízolos más prudentes para otra vez, y ayudóles mucho contra los engaños y asechanzas de los judíos, con las cuales eran muchas veces engañados, por no saber el lugar ni la costumbre de ellos.

Quemada ya toda la galería y todo el patio también hasta la torre de Juan (la cual había él edificado en el tiempo que tenía guerra con Simón, encima de los maderos tan labrados que iban a dar en la lonja o plaza del templo) todo lo que más quedaba, los judíos lo cortaron, después de quemados y consumidos todos los que habían subido.

Luego el siguiente día los romanos pusieron también fuego a la puerta que estaba por la parte Boreal, y quemaron hasta la parte de Oriente; y esto contenía la torre llamada Cedrona, edificada encima del valle de adonde también se hacía muy alta y muy horrible su altura.

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Usted está leyendo el Libro VII de La Guerra de los Judíos