Capítulo I

De cómo fueron minados los muros y quemados los montes de los romanos, y de cómo Sabino combatía el muro.

Las muertes de los judíos cada día iban de mal en peor, encendiéndose los revolvedores cada día más, viéndose cercados con tanta adversidad, pues estaban ya ellos, con todo el pueblo, aquejados del hambre. La muchedumbre de los muertos que dentro de la ciudad había, era espantable de ver, y daba un hedor muy pestilencial, el cual detenía la fuerza y corridas de los que peleaban; porque eran forzados a pisar los muertos, no menos que si estuviesen en el campo o en la batalla, de los cuales era el número muy grande, y los que los pisaban, ni se compadecían de ello, ni se amedrentaban, ni aun tenían por mal agüero ver la afrenta de los muertos.

Ensuciados con las muertes de sus propios ciudadanos, preparábanse ya y aparejábanse para la guerra con los extranjeros, casi como injuriando a Dios, según a mí me parece, porque tardaba tanto en darles el suplicio y castigo que ellos merecían; porque la mayor parte de ellos peleaban, no porque tuviesen esperanza de alcanzar salud, sino solamente por verse desesperados, y esto era parte para pelear más ferozmente.

Los romanos, aunque trabajaban mucho en juntar el aparejo para lo que edificaban, todavía levantaron sus fuertes en espacio de veintiún días; derribados todos los bosques para ello y cortados todos los árboles que había noventa estadios alrededor de la ciudad.

Lo que se mostraba de la tierra movía a gran compasión, porque lo que antes solía estar lleno de árboles y tan adornado que parecía un paraíso, entonces se mostraba desierto, cortados todos los árboles que movían deleite grande; ni había extranjero alguno que hubiese antes visto la ciudad y los arrabales que tenía muy lindos, que viendo en este tiempo la soledad y destrucción, pudiese dejar de llorar o gemir, por ver cuánto daño habían hecho las revueltas y mutaciones al estado que los antiguos allí solían tener.

Había destruido la guerra todas las cosas señaladas y de gentileza que tenían, de tal manera, que si alguno viniera de nuevo que hubiese visto esta ciudad antes, cuando estaba en su integridad floreciente, no la conociera ciertamente, antes estando con sus ojos presente, la buscara.

La obra acabada de los fuertes era principio de temor nuevo, no menos a los romanos que a los mismos judíos; porque éstos pensaban ya ser sin duda presa la ciudad, si no ponían diligencia en ponerles otra vez fuego; y los romanos, por otra parte, no tenían por ventura voluntad de hacer otros si les destruían éstos, porque ya la materia para ellos les faltaba, y faltaba también el esfuerzo a los soldados para otro tanto trabajo, porque ya habían perdido parte del buen ánimo que antes solían tener, con haber sido tantas veces ofendidos.

La matanza que dentro de la ciudad se hacía causaba mayor dolor y tristeza a los romanos que a los mismos ciudadanos que en la ciudad vivían; porque para los males que de allí les nacían tenían también gente de guerra no menos diligente que los judíos mismos, de la cual se servían; pero perdían la esperanza, viendo que sus fuerzas eran deshechas con las asechanzas que les hacían; las máquinas, con la fortaleza de los muros y sus manos, eran vencidas en las peleas con el atrevimiento grande de los judíos, y principalmente por ver que, con tener tantas revueltas dentro de la ciudad, tanta hambre y tanta guerra, estaban los judíos más animosos, por lo cual pensaban serles imposible acabarlos de vencer, y que la grandeza del ánimo que se cría y sustenta con adversidades, es invencible: porque ¿quién podrá resistir con prosperidad a los que con males y adversidades se muestran y levantan con mayor ánimo y virtud? Por lo cual los romanos se proveían de guardas más diligentemente.

La gente de Juan estaba en la torre Antonia, y proveíase para lo que temían si por ventura era el muro derribado; y antes que las máquinas y carneros dichos se asentasen, daban diligencia en resistir a ello; pero todo el trabajo que en ello ponían era perdido, porque habiendo acometido el fuerte de los romanos con fuego que en él quisieron poner, engañóles la esperanza y hubieron de volver atrás y recogerse; porque al principio parecía que no tenían un consejo ni estaban entre sí concordes, saliendo poco a poco y a sus tiempos con miedo; v en conclusión, no según los judíos tenían por costumbre, porque les faltaba todo lo que antes les solía ser propio, es a saber, la audacia, el correr, la fuerza general y el no volver atrás sin hacer daño a los enemigos; pero habiendo salido con menos fuerza que antes solían, ofendieron todavía a los romanos más prontamente que tenían antes acostumbrado; porque tenían éstos cercados sus fuertes con tanta diligencia con sus cuerpos y armas, que no dejaron camino ni vía alguna para ponerles fuego otra vez en ellos; y confirmados sus ánimos, se esforzaron tanto, que ninguno se movía de su lugar antes de ser derribado y muerto; porque además de estar desesperados ya de toda cosa, si les eran quemadas aquellas obras y fuertes que habían hecho, quedaban todos muy avergonzados si la virtud de los romanos era vencida por la astucia de los judíos, o sus fuerzas y armas por la temeridad y atrevimiento de éstos, o la experiencia y saber que ellos tenían en las cosas de la guerra, por el número y muchedumbre de los judíos, o, finalmente, por ser ellos romanos y éstos ser judíos.

Ayudábanse con sus saetas, dardos y lanzas, las cuales tiraban contra los que delante venían; y el que caía primero era impedimento al que lo seguía, y el peligro de los primeros amedrentaba y enternecía a todos los que seguían postreros.

Pues los que osaban llegarse a un tiro de saeta, los unos espantados por ver la disciplina y uso que los enemigos en la guerra tenían, otros heridos con las lanzas, habían de volver atrás y recogerse; y al fin, reprendiendo el uno al otro de cobarde, volvíanse todos sin acabar.

A algo primero de julio comenzaron a combatir; pero habiendo ya partido de allí los judíos, pusieron los romanos todo lo que tenían hecho y aparejado; aunque les tiraban muchas piedras y otras armas y mucho fuego de la torre Antonia, y allegaron también todas las armas que pudo la necesidad darles contra sus enemigos; porque aunque los judíos confiaban mucho en sus muros, los cuales eran muy fuertes, y aunque menospreciaban las máquinas todas de los romanos, todavía trabajaban en impedirles y hacer que no llegasen a ellos.

Pensando, pues, los romanos que los judíos trabajaban en hacer que la torre Antonia no recibiese daño alguno por estar ya los muros menos fuertes, y pensando que los fundamentos de esta torre no eran tan fuertes como quisieran, trabajaban en resistirles. Con todo esto, no se hacía señal ni se mostraba algo de todos los golpes que daban en los muros; y los judíos, aunque les tiraban y recibían muchos golpes de saetas y dardos, procuraban defenderse y destruir los fuertes de los romanos, sin temor alguno de peligro; pero como pudiesen menos y fuesen más flacos, porque eran quebrantados con las piedras, haciendo los unos paveses de sus escudos, por guardar sus cuerpos, con las manos y con hierros trabajaban en minarles los fundamentos.

Quebrantadas cuatro piedras con el continuo trabajo, sobrevino la noche y hubieron todos de dejar lo comenzado y reposarse; y roto el muro con los arietes por aquella parte que había Juan primero minado por derribar los fuertes primeros, cayó súbitamente, por haberse roto el asiento en que se sustentaba; pero ambas partes recibieron alegría sin esperarla, por este suceso: porque los judíos, que debían haber tristeza por haberles sucedido tan gran ruina sin haberse proveído contra ella, confiábanse, pues veían que les quedaba la torre Antonia: la alegría que los romano9 tuvieron por ver los muros derribados, sin pensarlo fué presto perdida, cuando vieron el nuevo muro que Juan había por dentro edificado; mas todavía les parecía que sería más fácilmente combatido v derribado, que no el primero: porque por el que estaba derribado era más fácil la subida, y el muro era menos firme y menos fuerte, por ser reciente y nuevamente edificado, que la torre Antonia, por lo cual pensaban que podría ser más pronto destruido. Ninguno, con todo, osaba subir por él, sabiendo que el primero que a ello se atreviese tenía muy cierta la muerte.

Pensando Tito animar a sus soldados y levantarles con la esperanza y razonamiento, y que con amonestaciones y promesas muchas veces los hombres suelen olvidarse y despreciar todo peligro, y muchas veces también la muerte, haciendo juntar todos los más esforzados, hablaba con ellas, experimentando sus ánimos, de esta manera:

"Reprendidos merecen ser, ciertamente, como cobardes r hombres de poco ánimo, los que aconsejan y animan a sua compañeros para cosas de poco, y que no hay peligro en alcanzarlas; y no menos los rogados, que los que los ruegan: Por lo cual yo saco que solamente es necesario el consejo en ias dudosas; y la amonestación a tal hora es buena, porque conviene entonces mostrar cada uno por sí particularmente sus fuerzas. Bien veo y aun digo que tenéis gran trabajo en subir este muro, porque la subida es muy difícil; pero quiero rrobar ahora y mostraros claramente cómo a los que desean :alcanzar nombre y gloria, conviene mucho que peleen con trabajo; y alcanzar las cosas dificultosas con dificultad y morir con gloria, es gentil cosa y no de poco provecho, si los primeros lo hicieren valerosamente. Pues, levante vuestros ánimos esto: cuanto a lo primero, que podrá causar espanto a otros algunos, ver el ánimo paciente de los judíos y la firmeza y constancia endurecida que en sus adversidades tienen.

"Los romanos, y más los soldados que tienen costumbre de ejercitarse en la guerra, estando en paz, y vencer cuando están en ella, que sean vencidos por los judíos, o con sus manos, o con su ánimo, es cosa muy fea, principalmente estando ya en el fin de la victoria, y teniendo en todo la ayuda de Dios por nuestra parte: porque debéis entender todos, que cuantos daños de los judíos recibimos, de desesperación proceden. Y con el favor de Dios y virtud y esfuerzo vuestro, cada día crecen sus muertes y destrucciones: porque las sediciones y revueltas, el hambre, el cerco, el caerse los muros sin hacerles fuerza, ¿qué otra cosa pensáis ser, sino la ira de Dios contra ellos, y por ayuda nuestra? No conviene, pues, mostrar que valemos menos que los que no valen; y tampoco conviene ser perezosos a lo que Dios nos ayuda y promete. ¿De qué manera no os parecerá cosa torpe y fea que los judíos, gente que no se afrenta mucho de ser vencida, avezados a estar sujetos y en servidumbre, menosprecian ahora la muerte y todos los peligros por libertarse y excusarse de ello, y vienen a correr entre nosotros, no por tener esperanza de victoria, pero sólo por mostrarse; y nosotros, vencedores de casi todo el universo y de las mares, a quienes no vencer es gran injuria, estarémonos sentados, ociosos y sin osar acometer una vez a los enemigos atrevidamente, aguardando que perezcan por el hambre y su fortuna, pudiendo principalmente con poco peligro acabarlo todo?

"Si, finalmente, subimos a la torre Antonia y si la ganamos, tenemos ciertamente ganada la ciudad: porque si conviniere pelear contra los que están dentro, lo que yo no creo, nos promete manifiestamente gran victoria sobre todos nuestros enemigos.

"Dejaré de alargarme ahora en aquellos que perecieron en la guerra, y en contaros el nombre inmortal de los que peleando murieron; yo ruego y deseo la muerte en tiempo de paz a los que al contrario sienten, cuyas almas y cuerpos, juntamente en morir ellos, perecen y son cubiertos en la sepultura. ¿Quién hay, si es valeroso, que no sepa que las almas libradas con esfuerzo con las armas en la guerra de la cárcel de sus cuerpos, el cielo purísimo y muy claro las recibe, y les da asiento entre las estrellas, adonde después se muestran generosos, buenos y muy favorables a sus descendientes? Pero los que mueren por enfermedad del cuerpo y podredumbre, aunque sean muy limpias de todo pecado y muy santas, son cubiertas de tinieblas debajo de la tierra; son muy olvidadas, consumiendo sus cuerpos, acabando sus vidas y pereciendo toda la memoria de ellos.

"Si la muerte es común a todos, y es necesario pasar todos por ella, ya sabéis que morir con las armas es más ligero, y de tener en mucho menos que morir por enfermedad; porque no le parece malo, ni se acobarda de pagar de grado sirviendo, lo que después así como así había de satisfacer por deuda y obligación.

"Tratado he de esto como que fuese imposible guardarse por más que en ello se trabaje, pues esperanza deben tener de salud en peligros, por grandes que sean, los que tienen ánimo v esfuerzo varonil. Cuanto a lo primero, lo que veis caído del muro, puédese fácilmente andar; lo que está entero, y no ha sido aún combatido, puede ser muy fácilmente derribada, y saliendo muchos de vosotros a efectuar esto, los unos animaréis a los otros, y seréis gran ayuda: vuestra constancia y firmeza en el pelear quebrantará fácilmente el ánimo y audacia de los enemigos, y podrá ser que si tomamos esta torre, habremos toda la ciudad sin algún derramamiento de sangre. Subiendo nosotros, ellos trabajarán en resistirnos e impedir que subamos; pero si una vez les hacemos algún ardid, o si les mostramos nuestras fuerzas, procurando hacer con ellos lo que nos fuere posible, no podrán, por cierto, defenderse ni sostener nuestra fuerza. Pues de mí os hago saber, que quiero ser tenido por muy ruin y muy afrentado hombre, si al primero que viene atreverse a esto, no le satisfago de tal manera sus trabajos, que le tengan todos envidia: y el que quedare con la vida, sea capitán de sus iguales, y los que murieren en ello, alcanzarán premio muy bienaventurado."

Diciendo esto Tito, todos los suyos temieron la grandeza del peligro que claramente veían: uno de ellos, que estaba en una compañía de las suyas, llamado por nombre Sabino, natural de Siria, se mostró muy esforzado, no menos en el ánimo que en sus propias fuerzas, aunque si alguno lo viera antes cuanto a su manera, no lo tuviera, cierto, por soldado: era un hombre negro, flaco; mas en flaco sujeto tenía, por cierto, un ánimo grande y muy heroico, y en pequeño cuerpo tenía grandes fuerzas encerradas. Levantándose, pues, éste primero, dijo:

"A ti, oh César, me entrego de muy entera y alegre voluntad, y quiero subir primero de todos al muro; y deseo que sean mis fuerzas y voluntad no menos prósperas que es tu fuerte y buena dicha: si mi dicha no fuere tal cual es mi ánimo, y si el suceso no me corresponde prósperamente, sepas que quiero por ti morir, no porque espere haber de aquí bien alguno o librarme salvo, pero sólo por haberlo así determinado."

Cuando hubo dicho estas palabras, levantó su escudo, haciendo con él amparo a su cabeza; y con la espada en su mano, a las seis horas del día venía para el muro; seguíanlo de todos los otros algunos que querían serle iguales y semejantes en la virtud, hasta número de once hombres. Iba Sabino muy adelante, T delantero de todos, movido con fuerza e ímpetu divino; y los enemigos le tiraban dardos y saetas infinitas; dejaban también caer piedras muy grandes, la: cuales derribaron algunos de los once dichos.

Poniéndose Sabino delante de todo lo que los enemigos tiraban, aunque iba cubierto de saetas, no cesó hasta ganar lo más alto del muro y hacer huir a todos los enemigos que allí estaban: porque amedrentados por ver sus fuerzas tan grandes, y pensando que venían muchos allí con él, no osaron detenerse. ¡Quién, pues, no maldecirá a la fortuna en este caso, que contrasta y trabaja siempre con envidia de resistir a la virtud, e impide todas las hazañas memorables! Porque este varón no erró en lo que había emprendido; y sacudiéndole con una gruesa piedra, cayó a tierra. De lo cual sucedió, que volviendo los judíos cuando lo vieron solo y derribado a tierra, tiráronle infinitas saetas. Arrodillándose él como mejor podía, y cubierto con su escudo, al principio vengábase de los enemigos, e hirió a muchos de los que a él se llegaban; pero con las muchas heridas que tenía, hubo de aflojar su fuerza, y al fin, antes de morir, fué cubierto de saetas. ¡Varón digno y merecedor, por su esfuerzo, de mejor prosperidad y dicha! Cayó, empero, y pereció habiendo acometido una cosa no menos alta que fué su ánimo. Había otros tres que estaban ya casi en lo más alto, y perecieron a golpes de piedras, y los ocho fueron sacados de allí y puestos en sus tiendas muy heridos: todo esto pasó el tercer día del mes de julio.

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