logo

CALÍGULA

LOCURA Y PODER

 
En apenas cuatro años como emperador de Roma, Calígula se convirtió en prototipo del déspota sanguinario. Embriagado por el poder absoluto y el fasto oriental, cayó víctima de su propia locura
 

Vestido de luto y de aspecto frágil, el joven acompañaba en su último camino los restos del emperador Tiberio, entre cientos de teas encendidas, entre hombres que lo aclamaban y mujeres que no cesaban de llamarle «astro», «cachorro» o «retoño». Era el 28 de marzo del año 37 d.C., día de regocijo en Roma. En todas partes se hacían votos por un largo gobierno de Cayo Julio César y en los templos se sucedían a miles los sacrificios a los dioses por la suerte del emperador y de su pueblo, ese pueblo romano que, sin distinción de clases sociales, había salido a la calle para recibir a Calígula.

Tras los sombríos años de su abuelo, el hosco y cruel Tiberio, la gente tenía sobradas razones para celebrar la llegada del nuevo emperador, el gentil descendiente de la estirpe de Augusto, el forjador del Imperio. Además, Cayo Julio César -que llevaba el nombre de su ilustre antepasado, el conquistador de las Galias- también era conocido y apreciado por la clase militar. Su mismo apodo, Calígula, era un diminutivo de caliga, el calzado que usaban habitualmente los soldados romanos y con el que Cayo había sido mostrado ante las tropas en su niñez. Sin embargo, salvo algunos rumores maliciosos que se contaban en los mentideros de la ciudad sobre hechos escandalosos de los que había sido protagonista aquel joven príncipe de 25 años, la plebe no podía saber lo que se ocultaba tras su semblante, aparentemente inocente, ni se conocían los entresijos de su personalidad y de su vida privada.

Calígula no tuvo una niñez ni una adolescencia fácil. Con su padre, el popular Germánico, y su madre Agripina la Mayor, sus dos hermanos mayores Nerón y Druso, y sus tres hermanas pequeñas, Livia, Drusila y Agripina, pasaron la infancia en los campamentos de las legiones de Germanía. El emperador Tiberio, receloso de los éxitos bélicos de Germánico y de su popularidad entre la plebe, que lo veía como la encarnación de todas las virtudes tradicionales romanas como militar y como ciudadano, decidió alejarlo de Roma y lo envió, junto a toda su familia, a la lejana Siria. Cuando Germánico falleció aún joven y en extrañas circunstancias, se habló insistentemente de que había sido envenenado. Aunque se culpó de este hecho al gobernador Cneo Pisón, que fue condenado a muerte, todas las miradas apuntaron a Tiberio como responsable de esa muerte.

Al regresar de Siria, Calígula vivió primero en compañía de su madre, hasta que ésta fue desterrada. Entonces fue acogido por su abuela, la influyente Livia Augusta, madre del emperador. Cuando ésta murió, Tiberio precipitó la destrucción de la familia de Germánico. Desde Caprí, envió una carta al Senado en la que acusaba de traición a los hermanos de Calígula y a su madre Agripina la Mayor, que fueron condenados al destierro por el Senado. Agripina fue enviada a la isla de Pandataria y Nerón a la de Pontía, donde ambos se dejaron morir de hambre. Su otro hermano varón, Druso, corrió igual suerte y murió confinado en las mazmorras del Palatino.

Falto de una familia directa, Calígula y sus hermanas Agripina la Menor, Drusila y Lívíla pasaron a vivir con su abuela Antonia. En esa casa, el futuro emperador y sus hermanas comenzaron a mantener relaciones incestuosas, con tanta frecuencia que su abuela los sorprendió en una ocasión en el lecho. Pese a ello, Calígula tomaría como esposa a Junía Claudía, hija de un noble romano, por orden del emperador.

El oscuro camino hacia el poder

Cuando cumplió diecinueve años, Calígula fue llamado por su abuelo Tiberio a la isla de Caprí. Según cuentan los autores clásicos, en los últimos años de su vida Tiberio se abandonó a perversiones de todo tipo, de las que hizo espectador y cómplice a su nieto. A pesar de ello, Calígula en su interior odiaba a su abuelo; consta incluso que intentó asesinarlo mientras dormía para vengar la muerte de su madre y de sus hermanos, pero al llegar al lecho del anciano no se atrevió a consumar el magnicidio. Durante el tiempo que permaneció en la isla tuvo que disimular su resentimiento por su precaria situación y las humillaciones a las que le sometía su abuelo. La vida en este ambiente hizo que su carácter se volviera cada vez más reservado y suspicaz y a la vez sádico; así, asistía con complacencia a las torturas y ejecuciones de los condenados a muerte, disfrazado con peluca y un manto largo hasta los píes para que no lo reconocieran. Pero también se entregaba con la misma pasión a las artes escénicas, el mimo y la danza, prácticas que eran consideradas «inconvenientes» entre la nobleza.

El propio Tiberio se dio cuenta de estos cambios en la personalidad de Calígula. A sus acompañantes les decía: «Estoy criando una hidra para el pueblo romano y un Faetón para el universo entero» (Faetón es el dios que abrasó la tierra por conducir mal el carro del Sol). En otra ocasión exclamó: «Cayo vive para su propia perdición y para la de todos». En los últimos meses de su vida el césar llamó junto a sí a Tiberio Gemelo, su nieto por línea directa, hijo de Druso. Una vez, al acariciar a Gemelo y ver un gesto de desagrado en el rostro de Calígula, tuvo la intuición de profetizar: «Tu matarás a éste, pero habrá otro que te mate a ti».

Por esos años fue nombrado prefecto del pretorío Macrón, personaje de escasos escrúpulos que para afianzar su poder buscó la amistad de Calígula. Para sellar la alianza Macrón no dudó en ceder al príncipe su propia esposa, Ennía Nevía, con el aparente consentimiento de ésta. De esta manera, en poco tiempo, Macrón se convirtió en brazo derecho del hijo de Germánico. El problema era asegurar la sucesión del imperio para Calígula, ya que Tiberio se debatía entre él y su otro nieto Gemelo -pequeño aún, pero que era de su sangre-. Finalmente, redactó un testamento privado dejando el Imperio a ambos nietos por partes iguales. Ya en la agonía su fin fue precipitado por Macrón, que lo ahogó con unas mantas, muy posiblemente con la aquiescencia de Calígula. Como estos hechos sucedieron en Míseno, sede de la flota imperial, Macrón hizo que la marinería y la guardia pretoriana allí destacada le juraran fidelidad. Luego partió hacía Roma para informar al pueblo y al Senado, el cual invalidó el testamento de Tiberio y otorgó a Calígula todos los poderes, proclamándolo imperator y concediéndole la tribunicia potestas, que lo hacía inviolable.

Muerto Tiberio, hizo su entrada triunfal en Roma el joven emperador que tantas esperanzas había suscitado. La preparación que poseía para afrontar la responsabilidad y la carga del Imperio era muy limitada. Su educación no había sido más que la de un joven noble: conocía bien la mitología y la historia, sabía hablar en griego y poseía una enorme facilidad para la oratoria. Pero, como enseguida demostrarían sus actos, despreciaba el modelo del principado de Augusto y Tiberio, basado en el equilibrio entre el poder del príncipe y la autoridad del Senado. Además, no conocía bien los mecanismos de la administración del Estado.

De la esperanza al terror

Sin embargo, durante los primeros meses de su reinado (37 a.C) tuvo un comportamiento ejemplar en todos los sentidos, y pareció confirmar todas las esperanzas que se habían depositado en él. Para empezar, él mismo pronunció el elogio fúnebre de Tiberio y depositó sus cenizas en el mausoleo de Augusto, en contra de la opinión de muchos que deseaban arrojarlas al Tíber. Luego decretó una amnistía para los exiliados y los condenados. Rehabilitó a su tío Claudio, que hasta entonces habìa  apartado de los asuntos públicos, asumiendo con él el consulado, y adoptó como sucesor a Tiberio Gemelo, nombrándolo «Príncipe de la Juventud». Igualmente, decretó que se rindieran honores de augusta a su abuela Antonia, tras lo cual viajó a las islas de Pandataria y Pontia para recoger los restos de su madre y de su hermano. A su vuelta a Roma concedió al pueblo el derecho al voto en los comicios para elegir magistrados y lo agasajó con representaciones teatrales y combates de gladiadores. Asimismo, donó a cada ciudadano trescientos denarios y repartió gratuitamente alimentos y regalos. Mientras duraban los festejos, la ciudad de Roma se iluminaba por las noches con antorchas. También gratificó a los soldados de la guardia pretoriana, mientras que invitaba a suntuosos banquetes a los senadores y equites (caballeros). Con estas dádivas y honores se ganó el favor de todas las clases sociales de Roma. Asimismo, el nuevo emperador recibió el juramento de fidelidad de todas las provincias del Imperio.

Pero las cosas no tardarían en cambiar. Tal como dice el historiador romano Suetonio en su biografía: «Hasta aquí he narrado su vida como príncipe, ahora narraré lo que aún queda de ella como monstruo». A los seis meses de gobierno y cuando todo estaba a su favor, padeció una grave enfermedad que tuvo como consecuencia acentuar la personalidad neurasténica del joven príncipe. No fue esta dolencia la única causa de su estado, sino tan sólo un factor agravante. Pero lo cierto es que a partir de ese momento se desarrollaría lo que los historiadores no han dudado en calificar como un caso de locura.

Calígula, por tanto, se quitó entonces la máscara y mostró al mundo su verdadero rostro. Este cambio se manifestó ante todo en su voluntad de arrogarse una condición divina, considerándose a sí mismo como un dios viviente, algo que iba en contra de todos los principios del Estado romano. Así, implantó la proskynesis o postración de rodillas ante el emperador, una costumbre de las monarquías orientales que repugnaba a la dignidad del ciudadano romano. Igualmente, mandó erigir estatuas de oro con su propia efigie. Ya que era un dios, convirtió el templo de Castor y Pólux en la antesala del palacio imperial para poder acudir allí a ser adorado por la plebe. También ordenó construir un puente entre el Palatino y el Capitolio, donde se alzaba el templo de Júpiter Óptimo Máximo, para poder hablar o discutir con este dios, considerándolo su igual.

Esta actitud megalómana ha sido interpretada por los historiadores modernos como un deseo consciente de implantar el culto imperial en vida, que hasta ese momento era privilegio del emperador divinizado tras su muerte, y, en última instancia, como expresión de la voluntad de institucionalizar una monarquía teocrática. Con este planteamiento se corresponde también su voluntad de casarse con su hermana Drusila, con la que seguía manteniendo una relación amorosa; el matrimonio entre hermanos había sido una práctica común en la monarquía de los soberanos ptolemaicos de Egipto y se practicaba igualmente en otros reinos del Próximo Oriente. También quiso elevar a sus hermanas por encima de los mortales, como se ve en algunas monedas en las que aparecen sus efigies caracterizadas como diosas. De la misma manera, Calígula desdeñaba el uso de la toga, el vestido nacional romano, a la que prefería toda suerte de vestimentas extravagantes, ropajes de seda y mantos de púrpura bordados con oro y piedras preciosas, de evidente sabor oriental.

Otras veces, las extravagancias de Calígula tenían un aspecto cómico. Los historiadores refieren, por ejemplo, que el emperador era muy aficionado a las carreras de caballos. Para competir en ellas adquirió un ejemplar al que puso por nombre Incitatus y que ganó varias competiciones. Llegó a tener una pasión tan desmesurada por el animal que mandó construirle un establo de mármol y un pesebre de marfil, y ordenó que se le vistiese con telas de púrpura bordadas con piedras preciosas y que se le alimentase con los manjares más exquisitos. Además, instituyó todo un servicio de criados para que estuviera continuamente atendido. Cuando en la calle había mucho ruido mandaba a la guardia pretoriana para hacer el silencio, haciendo callar a bastonazos a la plebe. De esta manera, el caballo podía descansar totalmente relajado. El colmo llegó cuando lo nombró cónsul, la más alta magistratura política de los romanos.

Odiado y temido

Actuando como un auténtico déspota oriental, Calígula decidió desembarazarse de todos aquellos que eran un peligro potencial para él o le podían hacer sombra en un futuro. El primero en caer fue Gemelo, el coheredero designado por Tiberio. Le siguió su suegro Junio Silano y luego, Macrón y su esposa Ennia, testigos y cómplices de su ascensión al poder, pero que ahora le resultaban molestos.

El Senado, que hasta entonces había sido el contrapunto de la autoridad imperial, se convirtió también en el blanco de sus ataques, con el objeto de destruirlo o al menos debilitarlo política y económicamente. La motivación económica tenía gran importancia. Para paliar los dispendios y el lujo desmesurado, Calígula necesitaba grandes cantidades de dinero, porque el tesoro del Estado romano acumulado por Tiberio, unos dos mil setecientos millones de sestercios, lo había dilapidado en el primer año de gobierno. A fin de recaudar fondos, recurrió a todo tipo de artimañas, extorsiones y crímenes. Así, obligaba a senadores y caballeros a pujar lo máximo posible para obtener el dudoso privilegio de ser sacerdotes de su propio culto. También los forzaba a hacer testamento a su favor, tras lo cual los eliminaba en secreto; después los convocava como si aún vivieran y se mostraba dolido y sorprendido por la noticia de su suicidio. Organizaba juegos con altas apuestas en donde hacía trampa de forma sistematica. Convirtió las habitaciones de su palacio en verdaderos lupanares donde sus propias hermanas y las mujeres e hijas de los senadores eran obligadas a prostituirse por sumas elevadísimas y cuando todo esto no era suficiente decretaba confiscaciones de bienes por motivos banales.

El pueblo de Roma, al que primero agasajó, era ahora objeto de su desprecio y de sus humillaciones.Sin motivo alguno, lo privaba del grano necesario para su alimentación. Cuando alguien le advirtió de que con  esta actitud se ganaría su odio, no dudó en responder: «¡Que me odien con tal de que me teman!» Los familiares y su círculo más cercano no se libraban tampoco de su mordacidad y de sus burlas crueles. Así, cuando cometía adulterio o raptaba a mujeres de la nobleza para sus orgías, les besaba el cuello diciendo: «¡Esta encantadora cabeza caerá en cuanto yo lo ordene!». Ese comportamiento desquiciado y cruel hacia el pueblo y hacia los nobles creó en Roma un ambiente enrarecido, cargado de resentimientos y de odios soterrados. Pero el terror que originaba Calígula era tal que no había nadie que se atreviera a levantar la voz. 

A mediados del año 38 d.C. falleció su hermana Drusila, la favorita, a la que había instituido como heredera. El dolor que le produjo esta muerte le provocó una enorme depresión, que le hizo abandonar Roma en un viaje repentino a Sicilia. A su vuelta, sus crueldades y arbitrariedades no hicieron sino multiplicarse.

Conjuras y represión

En este ambiente irrespirable empezó a gestarse un primer complot contra su vida, encabezado por Emilio Lépido, marido de Drusila, que aspiraba a ser emperador corregente a la muerte de Calígula, y Cornelio Léntulo Getúlico, legado de Germania Superior. Sus propias hermanas Agripina la Menor y Livila, resentidas por su marginación después de que Calígula se casara con su última amante, Milonia Cesonia, que le daría una hija, no fueron ajenas a la conjura. Consciente de su creciente impopularidad, Calígula decidió entonces emular las grandes gestas de su padre Germánico preparando una gran campaña militar contra los germanos asentados al otro lado del Rin y contra los britanos. En realidad, se trataba de una simple operación de imagen, porque no había ningún enemigo contra quien combatir.

Fue durante esa campaña cuando se descubrió la conjura de Lépido y Léntulo Getúlico, los cuales fueron ajusticiados, mientras que las dos hermanas fueron desterradas a la isla de Pontia de por vida. Tras esto, la campaña prosiguió con unas cuantas escaramuzas fingidas con los germanos y con un amago de invasión de Britania, empresa de la que desistió después de que un jefe tribal de los britanos se sometiera sin luchar. Como botín de guerra Calígula hizo que las tropas recogiesen todas las conchas y caracolas que había en las playas. A su vuelta a Roma, proclamó el éxito de la campaña y se hizo decretar por el Senado una ovatio a su entrada en la ciudad. 

El único hombre libre

Al regreso de Germania dio comienzo la etapa más feroz y despiadada del gobierno de Calígula. Los gastos de la campaña militar y las crecientes necesidades económicas obligaron a introducir onerosos impuestos sobre todo tipo de productos, que recaían en el pueblo. Los senadores sufrieron nuevos ataques por parte del emperador, que por cualquier motivo los acusaba de delitos de lesa majestad. En su locura llegó a despreciar abiertamente a los grandes hombres del pasado, en particular a Augusto, el fundador del Imperio. También ordenó eliminar las estatuas y los retratos de los grandes escritores griegos y latinos, como Homero, Virgilio y Tito Livio, e incluso pensó en destruir totalmente sus obras.

En consonancia con su admiración por lo egipcio, permitió el culto de los dioses de aquel país, en especial de la diosa Isis, a la que levantó un templo en el Campo de Marte. También mandó traer desde el país del Nilo un gigantesco obelisco, de veinticinco metros de largo, en una nave de dimensiones similares, para ser colocado en la spina de un circo que se empezaba a edificar en la zona hoy ocupada por el Vaticano y que se terminaría en época de Nerón. Este obelisco es el que se puede admirar todavía en el centro de la plaza de San Pedro. En cambio, no gastó casi nada en la mejora de los edificios de la ciudad ni emprendió obras de envergadura, a excepción de la inauguración del templo de Augusto, que realmente había construido Tiberio, y los inicios de un acueducto que terminaría su sucesor: la famosa Aqua Claudia.

Ante los delirios y desvaríos del emperador, Roma se  hallaba presa de la incertidumbre y el terror. Como  reacción desesperada se pusieron en marcha algunas conspiraciones para acabar con la tiranía, pero todas acabaron con la muerte de los conjurados. Finalmente, un día del mes de febrero del año 41, durante la celebración de los Juegos Palatinos, Casio Querea y Cornelio Sabino se apostaron en un pasillo que el emperador debía recorrer para ir desde el palco imperial hasta los aposentos donde se servía el almuerzo. Aprovechando la sorpresa y el hecho de que Calígula iba poco acompañado, se abalanzaron sobre él, matándolo de treinta heridas de espada.

Cuando la noticia se difundió, todos pensaban que era una treta del emperador para coger en falta a todos sus enemigos. Al confirmarse su muerte, el Senado pensó en restaurar la República, pero mientras se discutía esta cuestión la guardia pretoriana, habiendo asesinado con anterioridad a Cesonia y a su hija, eligió a Claudio como nuevo emperador. Los restos de Calígula fueron parcialmente incinerados y enterrados apresuradamente. Sobre su memoria cayó, por orden senatorial, la damnatio memoriae, borrándose su nombre de los monumentos y   destruyendo sus retratos; sin embargo, ello no pudo impedir que el recuerdo de sus locuras, a través de la imagen que dieron los historiadores romanos posteriores, haya permanecido hasta nuestros días.

Más información sobre Calígula en Internet

Los doce cesares (Suetonio)
Calígula un ser salvaje, cruel y despreciable
Biografía de Calígula (Artehistoria)
La Tiranía de Calígula (Artehistoria)
Countermarks on Coins of Caligula